Sobre esa base se asienta el diagnóstico del cambio climático antropogénico (es decir de origen humano), con el que se explican catástrofes más o menos naturales, se justifica el ataque a las formas tradicionales de producción (sobre todo a la ganadería y a la agricultura en pequeña escala), y se afirma la necesidad de sustituir a la economía del carbono por caras y dudosamente eficientes tecnologías “verdes”,
Con el mismo fundamento se promueven políticas socioculturales (basta ver el papel del Fondo de Población de la ONU) cuyo efecto directo o indirecto es reducir la natalidad y disminuir el número de la población mundial.
En ese sentido van las llamadas “políticas de género”, que problematizan la relación entre los sexos, así como la celebración de la homosexualidad y de la transexualidad, la promoción del aborto y de la eutanasia, la “virtualización” de la comunicación y de la vida, la incertidumbre económica, los terrores pandémicos y climáticos, la desvalorización del modelo tradicional de familia, la modelización de un individuo desligado de vínculos familiares y culturales, capaz de instalarse y de vivir con su computadora en cualquier lugar geográfico, e incluso la conversión de las mascotas en “perrijos” y “gatijos”. Todos esos fenómenos, para nada inocentes, tienen un efecto en común: reducir la población, por la vía de desestimular los nacimientos, promover una adultez solitaria, y convertir a la vejez en una etapa indeseable.
En Uruguay, ni lerdos ni perezosos, hemos adoptado ese modelo. El sistema político, las instituciones públicas (el MIDES es el paradigma), una nube de ONGs, las organizaciones feministas y LGTB, parte del movimiento sindical y del sistema educativo están penetrados por ese discurso y esa concepción de la vida.
Los efectos ya se hacen sentir. La tasa de natalidad, que venía disminuyendo lentamente desde hace cincuenta años, cayó en picada desde 2015 en adelante, hasta que recientemente logramos la hazaña de que mueran más uruguayos de los que nacen.
Menos niños significan en lo inmediato menos escolaridad y a mediano plazo un creciente envejecimiento de la población, con un definitivo desequilibrio de los sistemas tributario, de salud y de seguridad social.
No sabría decir si en países como India o China, e incluso en algunas regiones de Europa, una política de reducción de población tendría cierta necesidad que la hiciera justificable. Pero sí puedo afirmar que en el Uruguay es un reverendo disparate.
Cuando yo era niño, el Uruguay tenía tres millones de habitantes. Sesenta años después, somos tres millones y medio. En 176.215 kilómetros cuadrados. Menos de 20 personas por kilómetro cuadrado, cuando India tiene 447, Japón 327, China 147 y México 66. Para colmo, 95 de cada cien uruguayos nos apiñamos en ciudades, con lo que hay muchos miles de kilómetros cuadrados de territorio despoblados, habitados por eucaliptus, cotorras y jabalíes. Encima sufrimos un éxodo constante de jóvenes, en su mayoría con formación terciaria, que se van a vivir con su computadora en Europa o EEUU. Y recibimos a cambio inmigrantes caribeños, muchos de ellos en tránsito también hacia los EEUU.
Cuando se habla de soberanía nacional, solemos pensar en temas económicos y territoriales. Pero la soberanía tiene muchos aspectos. Y uno de los más importantes es el reproductivo.
Aunque la reproducción biológica es muy importante, no me refiero sólo a ella, sino a la capacidad de una sociedad de reproducirse a sí misma, de decidir qué y cómo quiere ser en el mundo. Eso requiere, desde luego, nacimientos, pero también arraigo a un territorio y a una cultura, políticas educativas, laborales y culturales. Requiere, sobre todo, planes compartidos de futuro, un proyecto de país capaz de captar el esfuerzo, el afecto y la esperanza de quienes nacen en él. Cosas de las que hoy carecemos.
Con sus niveles de población y su disponibilidad de espacio, de tierra y de agua, Uruguay no necesita abortos. No necesita eutanasia. Tampoco copiar o importar conflictos raciales, sexuales y sociales ajenos. Y, por supuesto, no necesita inversión extranjera a cualquier costo.
Por el contrario, quizá necesitemos promover y apoyar a la maternidad y a la paternidad responsables, estimular una vejez digna y productiva, aceptar sólo a la inversión compatible con nuestros intereses y propósitos como sociedad, y sobre todo fortalecer la raíz de igualdad que está en la base histórica de nuestro sistema educativo.
Eso último es clave: necesitamos una educación que arraigue a nuestros chiquilines y los dote de las herramientas para superar la enajenación y la marginalidad cultural que nos devoran.
En nuestras condiciones, copiar y aplicar las recetas despobladoras que provienen del “primer mundo” no es sólo un acto de estupidez colectiva. Es un suicidio. O peor: un “sui-genocidio”.
Cuando hablamos de soberanía nacional, hablamos también de eso. A no olvidarlo.

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